miércoles, 16 de diciembre de 2015

Un stand up que no tuvo éxito...

¡Buenas noches a todos! Noche mágica, si las habrá. Hoy quiero hablarles de un tema que nos convoca a todos y es el de la identificación. Siempre hay algo que hace que entre todos podamos identificarnos, gustos culturales, laburo, carreras.

Por ejemplo,  viste cuando vas caminando por la calle, pisas mierda y te la comés para evitar ensuciar un pañuelo…Así, típico.  O, o, o cuando vas a lo de tu suegra y te hacés la paja en el baño imaginando cómo garcha con tu suegro. Esa es genial, o cuando estás en el bondi y te apoyás a una menor de edad o a un retrasado mental…¿no? Pará, pará, y cuando  te ponés dulce de leche en la pija para que venga tu perro a lamértela o, bueno, en la concha….No, no, no y … hay una que te pasa siempre, posta. Viste cuando  te abusás de una pendejita y la forzás a que te entregue el orto. Esa seguro.

Es que operamos así, por identificación.

Situación: viste cuando le pedís a tu abuela ya senil que ponga la mano, como en tubo,  para meter ahí tu chota y vos frotarte como quien no quiere la cosa. Tremendo…ni hablar cuando te agarrás el pollo que va a cocinar tu vieja a la noche y se lo llenás de plasticola humana  antes de que lo meta en el horno. O cuando le hacés un pete al compañerito de tu hermano. No, no, pará, el de la secundaria, no. Hablo del de la primaria. Y viste cuando espiás a tu vieja que está metiéndose en la argolla el dildo que después vos te metés en el culo…esa es mortal, o cuando te vas al psicológo y le decís que como no tenés plata le vas a pagar entregando el ojete y dándole cátedra de toda la obra de Lacan en francés.  

Ah, de psicólogos tengo un montón. Pero hoy no vamos a entrar en ELLO…sí, sí…¡es genial!  Bueno, una que hacemos siempre: te enfiestás con cuatro enanos porque con uno no te alcanza… Ni hablar cuando acompañas a tu viejo a la ANSES y le pedís prestada su sabana de aportes para limpiarte la leche de la pajota que te hiciste minutos antes…
¡Vamos! Sí, te re pasa. Es que así somos. Animales de costumbre, a fin de cuentas, todos hacemos lo mismo… ¡Palmas, por favor! ¡Nos vemos! Y recuerden: todos queremos re garcharnos a un perro. IDENTIFICACIÓN. 

¡Gracias, gracias, gracias! ¡Y más gracias!

miércoles, 22 de abril de 2015

Cosas que suceden

-Hola., Lu..estás linda. Vení, pasá. 
-Gracías, Sergio, qué tierno sos. Me encantó que me invataras a tu casa. Tenés una linda casa. ¡Cuántos libros! Wow.
-Vení a la cocina que dejé una leche ahí.
-Ah, leche.
-Sí, ¿querés?
- No, te agradezco. No me gusta la leche.
-¿No te gusta la leche?
-No, no me gusta la leche.
-¿Cómo que no te gusta la leche?
-No sé por qué no me gusta la leche. Supongo que son cosas que suceden.
-Pero no te puede no gustar la leche, porque si no te gusta la leche, no te gusta nada.
-No, me gusta todo. Lo que no me gusta es la leche.
-Entonces no te gusta todo.
-Bueno... todo, menos la leche. 
-¿Y los derivados de la leche?
-No, tampoco me gustan.
-¿Ves? Es mucho más que la leche lo que no te gusta.
-¡Bueno! Todo, menos la leche y sus derivados. ¿Mejor?
-Pero, ¿qué te gusta?
-Ya te dije, todo.
-¡No! Todo, no.
-¡Bueno! Todo, menos la leche.
-Ni sus derivados.
-Exacto, ni sus derivados.
-....
-...
-¿Querés una tostada con mermelada?
-No, no me gusta la mermelada.
-¿Por qué no? Si no es un derivado de la leche.
-Porque no me gusta la fruta.
-¿Tampoco te gusta la fruta?
-No, no me gusta la fruta.
-¿Ni sus derivados?
-Ni sus derivados.
-¿Cómo que no te gusta la fruta?
-No sé por qué no me gusta la fruta. Supongo que son cosas que suceden.
-Pero no te puede no gustar la fruta, porque si no te gusta la fruta, no te gusta nada.
-No, me gusta todo. Lo que no me gusta es la fruta.
-Entonces no te gusta todo.
-¡Bueno! Todo, menos la fruta.
-Ni sus derivados.
-Ni sus derivados.
-Ni la leche.
-Ni la leche.
-Entonces no entiendo cómo decís que te gusta todo.
-¡Porque me gusta todo!
-¡Si no te gusta ni la leche, ni la fruta, ni los derivados de una ni de la otra; entonces no te gusta todo!
-Me gusta todo, y cuando digo todo, es todo; menos la leche, la fruta, ni los derivados de una ni de la otra. ¿Mejor?
-...
-...
-¿Qué querés tomar entonces?
-Y, traeme un cortadito.
-¿Me estás cargando?
-No, ¿por qué?
-Porque el cortado tiene leche.
-¡No! El cortado no tiene leche, lo que tiene leche es el café con leche. ¿Y yo te pedí un café con leche? No. Te pedí un cortado.
-El cortado, se corta precisamente con leche. Con un chorrito de leche.
-¿En serio?
-¡Claro!
-Ay, no. 
-¿Y con qué creías que se cortaba?
-No sé, supongo que con crema.
-La crema se hace con leche.
-¿La crema se hace con leche?
-Claro, es un derivado de la leche.
-Ay, no.
-¿Qué pasa?
-Y, que ahora no voy a poder tomar nada.
-Bueno, si querés te traigo un café solo.
-Es que no me gusta el café solo.
-¿Tampoco te gusta el café?
-Sí, me gusta el café. ¡Me encanta el café! ¡Muero por el café! Lo que no me gusta es el café solo.
-Pero si lo corto, sí o sí, le tengo que poner leche.
-¿Y no lo podés cortar con otra cosa?
-¿Y con qué querés que lo corte?
-No sé, cortalo con agua.
-¿Cómo lo voy a cortar con agua?
-¿Por qué no?
-Porque si lo corto con agua, no es un cortado; es sólo un café más suave.
-¿El café se hace con agua?
-¡Claro! Entonces, ¿te traigo un café?
-¡Te dije que no me gustaba el café solo, que me gusta cortado!
-¡Bueno! ¿Pero con qué querés que te lo corte?
-No sé, cortalo con jugo de naranja.
-¿Me estás cargando?
-No, ¿por qué?
-Porque el juego de naranja es un derivado de la fruta.
-¿De qué fruta?
-Y...de la naranja.
-¿El jugo de naranja se hace con naranja?
-¡Claro! Es el jugo de esa fruta, es jugo de naranja.
-Ay, no.
-¿Qué te pasa?
-¿Para qué me lo dijiste?
-¿Me estás cargando?
-No, te hablo en serio. ¿Para qué me dijiste que el cortado se hacía con leche, que la crema derivaba la leche, que el jugo de naranja venía de una fruta? ¿Para qué me lo dijiste?
-Yo no te dije nada, Sólo...
-No, ahora por tu culpa yo ya no puedo consumir más nada.
-No, pero...
-Pero nada.
-...
-...
-No te pongas así, en serio. Che, Lu... ¿Quéres algo de comer?
-Bueno, pero sin....
-Sí, ya sé, ya sé. Sin leche y sin fruta. 
-Y sin sólidos. 
-¿No comés sólidos?
-En realidad, no como ni sólidos ni líquidos. Supongo que son cosas que suceden. 
-¿Entonces qué comés?
-Ah, de todo. 
-No, de todo no, porque no comés ni sólidos ni líquidos. 
-A ver, como de todo, menos sólidos y líquidos. 
-¿Qué querés entonces? 
-¿Tenés milanesas con papas fritas?
-¿Me estás cargando?
-No, ¿por qué? Me encantan las milanesas con papas fritas. 
-Sí, claro, a todos nos gusta las milanesas con papas fritas pero eso es sólido. 
-Bueno, entonces licualas. 
-¡Pero si las licúo se transforman en líquido!
-Me estás boicoteando de nuevo. Decime que no me querés dar nada y listo. ¿Querés que te pague lo consuma en tu casa? ¿Me invitaste para eso? ¿Necesitabas guita? Te presto, eh. No tengo ningún problema.
-Pero, Lu....
-No, Sergio, pero nada. Mejor me voy. Sos muy mal anfitrión. Y lástima que no puedo decir "muy rico todo", porque no me diste nada. 
-¿Me estás cargando?
-No, querido, con la comida no se jode. 



martes, 21 de abril de 2015

La boda

“Carlos estaba flaquito”. Esas eran las palabras de tía Rosa cuando murmuraba a escondidas con tía Elba. Últimamente las repetía seguido. “Algo no está bien”, le decía. A mí me parecía un tanto exagerado de su parte. Algo similar le ocurría a tía Elba, que la miraba con el aire soberbio típico de la hermana mayor. Aquel que incluso se distinguía entre dos mujeres que ya habían pasado los setenta hacía más de cinco años. Pero esas sutilizas entre las hermanas no tenían tanto gollete. Tía Elba continuaba siendo la hermana mayor en todos los sentidos, incluso para decidir sobre la vida de Carlos; sobrino al que habían criado desde sus cuatro o cinco años, no recuerdo bien, luego del fatal accidente y con el que vivían en esa casa.

Esa mañana, Carlos había decidido comenzar su día con tranquilidad. Se levantó temprano, desayunó con sus tías y partió hacia a la tienda de ropa a trabajar como de costumbre.  Tomó los maniquíes que estaban en su habitación e hizo la labor rutinaria de llevarlos al negocio para luego volver a traerlos a casa. Lugar que elegía para vestirlos con más serenidad y con más espacio para planchar los fracs que en el diminuto negocio de Once. Ni siquiera el día de su boda pudo abandonar la rutina. “Trabaja mucho”, decía tía Rosa pero tía Elba arremetía nuevamente con su mirada lapidaria y con el fraseo parco de quien escuchaba todos los días lo mismo. “Tiene treinta y cinco años, Rosa”. “Pero está flaquito”, respondía tía Rosa. “Antes estaba más repuesto, debe ser esa chica que lo hace trabajar hasta el cansancio”. En algo tenía razón tía Rosa. Carlos, que de niño regordete había pasado a adolescente rellenito y luego a adulto obeso, había bajado mucho de peso. Demasiado, como solía destacar tía Rosa.

En la casa vivían sólo los tres. La casa de los Vidal, como solían llamarlos en la calle Lambaré y en todas las calles aledañas del barrio de Almagro. Recuerdo que era de esas casas viejas que pudieron sobrevivir al enrejado de las ventanas y de las puertas. Y eso se podía percibir cada vez que se veía a Carlos planchando, y hasta tarde, las camisas para el negocio desde su habitación que daba a la calle. La idea había sido formulada por tía Rosa, pero luego supe que la había pensado tía Elba. A Margarita, la prometida de Carlos, no le apetecía mucho la propuesta de instalarse ahí; pero aún no contaban con el dinero suficiente y el lugar era más amplio que el que podía ofrecer ella que tenía, además, una familia más numerosa.

Tía Elba había empezado a cocinar desde temprano para la ceremonia. Empanadas de copetín, pizzetas y sandwichitos de matambre y de pollo con un toque de su salsa especial, que no era más que una mayonesa casera con una pizca de pimentón. “Todo para comer con la mano”, decía. Tía Rosa, en cambio, cosía los vestidos y les colocaba alguna que otra piedra para hacer de aquellas prendas otras con un estilo elegante casi como si hubieran sido adquiridas en alguna boutique de la Avenida Alvear.  O por lo menos así los imaginaba ella.  Un terciopelo que imitaba al italiano y una puntilla de Bruselas comprada en algún comercio de la calle Paso
.
Ni bien llegó Carlos puso unos tangos para hacer aún menos aletargada la espera. Tomó a tía Elba de la cintura y la hizo bailar apenas unos pasos, pero ella se separó de sopetón. “Ahora no”, le dijo. Tía Rosa observaba y se reía. Además de la más chica y la más ingenua era también la más risible. Y Carlos lo sabía bien. La miró, le guiñó un ojo y le hizo un gesto con sus manos mientras le susurraba unas palabras por lo bajo. “A vos te voy a sacar a bailar pero de un modo especial. Ahora vengo”, le dijo y mientras salía disparando hacia su habitación. Volvió a los pocos minutos con el smoking que usaría por la noche. “¡Sacate eso!”, le gritó Tía Elba. “No me lo pienso sacar nunca”, contestó Carlos mientras tomaba la mano de tía Rosa y la hacía bailar al ritmo de la milonga. A Carlos se lo veía feliz. Yo, por lo menos, lo creía. Y las tías y Margarita, también. “Esperé mucho este momento”, dijo Carlos. “Andá y sacate eso”, repitió Tía Elba. “Dejamelo un cachito acá conmigo”, dijo tía Rosa mientras acurrucaba a Carlos en su pecho. “Se nos va hoy con Margarita”. “No, no se va”, sonrío tía Elba mientras miraba a ambos con sus ojos entreabiertos. “Me voy a tirar un ratito”, dijo Carlos. “Estoy bastante cansado”. “Es que estás flaquito”, le dijo tía Rosa nuevamente con preocupación. Carlos beso su mano y esbozó una media sonrisa. “No se te ocurra acostarte con el traje”, le dijo tía Elba mientras Carlos dejaba a paso ligero ese amplio living comedor.

Tía Elba y tía Rosa tardaron muy poco en colocarse sus vestidos. Se las notaba ansiosas. El piso de pinotea retumbaba ante los pasos de tacón de las hermanas que iban y venían por toda la casa. Ruido que no logró despertar a Carlos. Ni siquiera con el rechinar de los collares de perlas. “Andá a despertarlo”, le dijo tia Elba a tía Rosa. Tía Rosa intentó abrir, pero no pudo. “Cerró la puerta con llave”, le dijo. “Golpeá fuerte, Rosa”. Y lo hizo pero Carlos no contestaba. Se agachó para observar por el agujero de la cerradura. “No está la llave puesta pero está acostado. Lo puedo ver. En realidad veo su pierna”. “A ver, déjame a mí”, embistió tía Elba. “Y se dejó el traje puesto, nomás, ¡Carlos, abrí la puerta! Vas a arrugar el saco”, dijo tía Elba mientras golpeaba con insistencia. Pero Carlos seguía sin responder. Tía Elba miró a tía Rosa con una mirada tensa. “Te dije que estaba muy flaquito”, dijo tía Rosa. “Terminala con eso”, contestó tia Elba. Tia Rosa comenzó a respirar más fuerte. Sus manos le transpiraban y sentía un mareo tan fuerte que la obligó a sentarse. Recuerdo que cayó tendida en el sillón con una exageración tal que parecía sacada de una mala serie norteamericana. “Traeme agua, Elba”.

“¡Carlos! Abrí de una buena vez”, insistió tía Elba. “No hay caso, Elba. Estaba tan flaquito”. “¿Estaba? Acá tenés el agua y déjate de hinchar”. Tía Rosa bebió el agua de un tirón y observó que tía Elba traía un alambre en su mano. “¿Qué es eso, Elba?” “¿Cómo es esto? Mientras vos jugás a ser Joan Collins yo voy a intentar abrir esta puerta”. “Llamamos a un cerrajero, Elba”. “¡Ni loca! Se va a enterar todo el barrio”. Tía Rosa escuchó esas palabras y se levantó de golpe. “¿De qué se va a enterar todo el barrio?”. Tía Elba la miró de arriba abajo y se acomodó una estola que bajaba de su cuello más de lo que debía.  “Se ve que te repusiste rápido”, le dijo con ironía. “Vení, ayúdame con esto”. “Elba, el vestido…lo vas a arrugar”. “Callate y sostené el picaporte”. Tía Rosa asintió a lo que le pidió su hermana mientras apenas dejaba asomar un sollozo. “Está dura”, dijo Tía Elba. “No puedo”. En ese mismo instante, tía Rosa se transformó y con un ataque de histeria comenzó a empujar la puerta con su cuerpo al grito de “¡Carlos, Carlos”! Tía Elba totalmente sorprendida arrojó el alambre a un costado e imitó a su hermana pero con sus piernas. La puerta se movía cada vez más y restos de madera saltaban a un costado. “Abrí, por favor, Carlos”. “Vamos, nene, abrí esa puerta querés”. Los empujones y las patadas lograron abrir la puerta y las hermanas cayeron una encima de la otra.


Todo se encontraba intacto. La ventaba estaba abierta y una pequeña brisa movía apenas la cortina. La cama, sin deshacer, y sobre ella, el maniquí vestido de negro. Solo resaltaba una pequeña nota que estaba sobre el torso del muñeco. Tía Elba se levantó y la tomó rápidamente. El timbre sonó y ambas se miraron preocupadas. Nunca supe bien quién tocó ese timbre, pero supongo que era Margarita. Ahora había que explicarle que Carlos se había ido y que la había abandonado. A las tres. 

lunes, 16 de marzo de 2015

El debate


Conductor: Bienvenidos a todos. Hoy, en este programa, los dos candidatos más rivalizados de toda la historia argentina debatirán sobre sus proyectos e ideas para la futura presidencia. Se enfrentarán como nunca lo han hecho, ni ellos, ni ningún otro en este país, ni en el mundo. Me pregunto, ¿se sacarán los ojos? ¿Expondrán todo su arsenal? ¿Quién será el aspirante ganador? ¿Habrá algún ganador? Lo sabremos en pocos minutos. Bienvenidos a los dos.
Ricardo: Muchas gracias por el espacio.
Juan: Yo quiero agradecer el espacio y la oportunidad
Ricardo: Yo, también, el horario.
Juan: Yo, el catering.
Ricardo: Yo,  el remise y los alfarjocitos de maizena del camino.
Juan: Yo…
Conductor: Bueno, bueno, bueno. Tranquilos que aún no comenzamos. Pero veo que están con ganas de debatir. Empecemos. Ricardo, tiene la palabra.
Ricardo: Gracias nuevamente, antes que nada quiero expresarle a mi contrincante que tengo datos. Que investigué. Que sé todo. Absolutamente todo. Y que hoy mi función sólo será decirle a usted, al público presente y a los espectadores en sus casas, toda la verdad.
Conductor: Qué intriga. ¿Y usted, Juan? ¿Tiene miedo? Ahora no me conteste, aún no es su turno. Continúe, Ricardo, por favor.
Juan: ¿Y entonces para qué me pregunta?
Conductor: Qué animosidad noto en sus palabras, mi querido Juan.
Juan: No soy “querido”.
Conductor: Juan, espere su turno...Ricardo…
Juan: Ni mucho menos “suyo”.
Conductor: ¿Va a interrumpir todo el tiempo?
Juan: No…
Conductor: Bien…Ricardo…
Juan: Sólo cuando sea necesario.
Conductor: ¡Por favor! Ahora sí, Ricardo, continúe.
Ricardo: Gracias. Cuando Juan fue candidato para su primera presidencia hizo varias promesas. Una de ellas que iba a bajar el desempleo en un 50%. Pero sabe qué. No fue así. Lo bajó en un 99,9%. A ver cómo explica eso.
Conductor: Eso sí que es un dato duro. ¿Qué puede decir sobre eso, Juan?
Juan: Que a veces las cosas nos exceden. Lo sé. Y que no puede controlarse todo, pero yo quisiera saber, también tengo mis informantes, cómo le explica al público que gracias al memorandum presentado por usted, y nada más que por usted, nos han devuelto las Malvinas, parte de Uruguay y la Antártida. Lo escucho.
Conductor: Sí, Ricardo, lo escuchamos.
Ricardo: ¿Qué pasa? ¿Acaso ustedes no tienen errores? Sí, a mí y a mis asesores se nos escapó ese detalle. Y lo estamos reparando. ¿Y usted? ¿No erradico la pobreza de la Argentina? ¿Alguien le dijo algo por eso?
Juan: Usted no puede decir mucho, ¿o no recuerda que se encargó que terminar con el hambre en absolutamente todos los hogares del país?
Ricardo: ¡Eso es una vil mentira!
Juan: Tengo los datos. Mire mi cartulina.
Conductor: ¡Pero qué grafico impactante! Puede seguirse la curva y ver cómo ha descendido a nivel CE-RO la hambruna en los hogares más pobres.
Juan: Ex pobres. Y todo gracias a él. A su vez, si observamos estos otros gráficos, puede notarse en color azul todos los conflictos bélicos solucionados cuando Ricardo era presidente: La Guerra Civil Española. El conflicto entre Israel y Palestina. Los enfrentamientos de Estados Unidos con Alemania, Rusia, Vietnam, Irak, Irán…
Ricardo: ¡Usted estatizó todas las empresas privadas y encima ahora funcionan mucho mejor que antes!
Juan: ¡Yo! ¡Yooooo! Por favor. Fue usted el que aniquiló todo el narcotráfico de la región y encima dejó la zona perfectamente lista para que no entrara nunca más.
Conductor: ¿Eso es cierto, Ricardo?   
Ricardo: ¡Él entregó todas las fábricas a los trabajadores!
Conductor: ¿Eso es cierto, Juan?
Juan: ¡Y él le devolvió las tierras a los indígenas!
Conductor: Estoy impactado.
Ricardo: Ah, mire. Usted sacó a todos los chicos de la calle y armó un hogar. En su propia casa.
Conductor: Ahora estoy azorado.
Ricardo: Yo no quiero ser fatalista, ni expresar un discurso anti-político, pero la gente está harta. Gracias a este señor hay igualdad, libertad total y absoluta de expresión. Se terminó completamente con el capitalismo, el patriarcado, la homofobia y, como si esto fuera poco, se fue al sur a limpiar a los pingüinos empetrolados.
Conductor: ¿Y los limpió?
Ricardo: Uno por uno. Y con sus propias manos.
Conductor: Quiero preguntarles a ambos cómo piensan encarar el tema de la trata.
Ricardo: Tarde.
Conductor: ¿Tarde para encararla? Me imagino, ya está todo copado con…
Ricardo: No, ya está.
Conductor: ¿Y eso quiere decir que ya no hay más…?
Ricardo: Nada de nada.
Juan: ¡Traidor! Yo jamás contaría que gracias a usted se terminó por completo la corrupción policial. Y menos para ganar una elección.
Conductor: ¡Cómo que no hay más corrupción policial!
Ricardo: Ni política. Pero de esa se encargó él.
Juan: Esto ya es el colmo. Le voy a hacer juicio por calumnias, injurias, difamación y extorsión.
Ricardo: ¿Y qué abogado va a conseguir? Usted ha sido el único graduado con promedio 11. ¿O no lo recuerda?
Juan: ¿Cómo no lo voy a recordar? Si usted no sólo ha sido profesor mío sino que también fue reconocido como Doctor emérito en la Universidad de Buenos Aires, Harvard, Yale y en Cambridge.
Ricardo: Las cuatro universidades que construyó usted.
Juan: Mientras usted trataba la tuberculosis en todo el continente africano.
Conductor: ¿También es médico?
Juan: Y honorífico. Nadie lo recuerda. Se recibió en cuatro meses.
Conductor: Esto ya es el colmo.
Ricardo: Dígamelo a mí que tengo que compartir la fórmula con él.
Juan: Yo no quería, eh.
Conductor: ¿Van juntos?
Ricardo: Sí, los dos.
Conductor: Pero… ¿quién va de Vicepresidente?
Juan: Ninguno.
Conductor: ¡Cómo que ninguno!
Ricardo: Vamos los dos de Presidentes.
Conductor: ¡Pero eso es totalmente democrático, es inaudito, cómo lo dejaron pasar!
Juan: Se decidió por voto popular.
Conductor: ¿Esto quiere decir que pueden ganar los dos?
Ricardo: Es altamente probable. Las encuestas nos dan arriba con un 101%  y con un margen de error del 0,01 %.
Conductor: ¿Y qué van a hacer?
Juan: Es duro, pero…vamos a tener que gobernar.
Conductor: ¿Cómo lo hicieron durante sus respectivos mandatos?
Ricardo: Y multiplicado por dos.
Conductor: Esto es tremendo. La Argentina está siguiendo un rumbo que…
Juan: Ningún rumbo. La Argentina ya es primera potencia. Y eso sí que fue culpa de él.
Ricardo: Bueno…no me di cuenta.
Conductor: Esto me apena mucho. Me avergüenza y me revuelve el estómago. Así que cuenten con mi voto.
Juan: ¡Pero eso ya es voto cantado!
Conductor: ¡Por favor!, en la elección nadie lo va a notar.
Ricardo: ¡Qué nadie lo va a notar! De ninguna manera. Vamos a pedir que la Junta electoral y que todos los fiscales y presidentes de mesa estén anoticiados de que deben impugnarle o invalidarle el voto.
Juan: Sabia que no teníamos que venir acá. Pero vos, como siempre, insististe.
Ricardo: Ah, mirá. Vos siempre lo sabés todo.
Juan: ¿Acaso no es así?

Ricardo: No, pero podemos debatirlo. 

domingo, 14 de diciembre de 2014

41 cosas que me hartaron de vos....de nuevo.

1. Tu insistencia en darle preponderancia a las grandes injusticias mundiales como la hambruna,  los capitales económicos, las guerras y mi orto caído.
2. Tu hipocondría estratégica.
3. Tu fanatismo por todo lo que no me gusta; como la vida al aire libre, la actividad física y el sexo anal.
4. Tu manera de convencerme de hacer siempre todo lo que no me gusta.
5. Tus ganas de meterle psicoanálisis a todo, incluso a mi horóscopo.
6. Tu estilo posmo. Dejame que yo siga creyendo en la Razón; por lo menos me explica mucho más que el devenir, la liquidez, el rizoma y demás hortalizas. Nabo.
7. Tu “me gusta el humor inteligente”. No, querido, no te gusta ni el “humor” ni mucho menos lo “inteligente”.
8. Tu odio al clasismo mientras que decís “grasa”, “mersa” y “groncho” con total soltura. Tilingo.
9. Tu elitismo musical. Me parece regio pero es claro que en los casamientos la paso mucho mejor yo.
10. Tu “no como nada que tenga ojos”.
11. Tu creencia de que tenés calle porque sabés escribir bien “ortiba”, “sarpar” y “sarasa”. No te das una idea de lo que te va a servir eso cuando venga un funebrero a cagarte a trompadas porque te paseás con la remera de Atlanta.
12. Tu insistencia en querer buscarle respuesta a todo. No hay mucha vuelta: Dios no existe, el mejor de los Beatles es Revolver y el peronismo va a ganar siempre. Fin.
13.  Tu opción repentina de que debo luchar contra la cosificación de las mujeres. Te cuento que lo primero que me miraste cuando me conociste fueron las tetas. Y lo seguís haciendo. Pero con otras, claro.
14. Tu crítica hacia mi apatía política. Sí, es cierto, tu militancia desde whatsapp es basista, transformadora y revolucionaria.
15. Tus sincericidios. Hay cosas sobre las que me tenés que mentir. Y siempre.
16. Tu proyecto maravilloso de que yo sea madre, sin que vos seas padre.   
17. Tu decisión de referirte a la mucama en todos los ámbitos sólo por su nombre. Te recuerdo que se llama Rosmery. No sólo el mundo se da cuenta de que es tu mucama sino también de que es boliviana.
18. Tu estilo soberbio para hablar de todo lo que no sabés. O sea, de todo.
19. Tu concepto garantista de la justicia. Te cuento que ya no es de rebelde afanar. Ahora se los llama “ladrones” o, en su defecto, “chorros”.
20. Tus ganas de estar, participar y acompañar sólo en lo que te interesa.
21. Tu planteo de tener una pareja abierta pero tu horror cuando te ofrezco dormir en camas separadas. Te informo que la libertad sexual es mucho más cómoda cuando después de cojer los cuatro tenemos más espacio para dormir.
22. Tu “me pongo del lado de los palestinos” porque es más progre. No sabés ni siquiera dónde queda Israel. No sabés ni siquiera dónde queda la calle Estado de Israel.
23. Tu adoración por los eventos.
24. Tu crítica por que tomo chocolatada en el desayuno. Vos tomás leche de soja y yo no te digo nada.
25. Tu exageración cada vez que decís que tu familia tuvo que exiliarse. Te recuerdo que tus viejos se fueron porque les pagaban mejor en Miami que acá.
26. Tu modo de decir “es discutible” a cada cosa que se plantea.
27. Tu insistencia en hacerme creer que tragar el semen es más higiénico.
28. Tus manejos sofistas para que finalmente me crea todo lo que me decís.
29. Tu burla porque me gusta estar a la moda. Claro, porque mirar la TV pública, hacer crossfit y decir “ponele” a cada rato es de marginal.
30. Tu análisis y división simplista de todo en “izquierda” y “derecha”.
31. Tu imposibilidad de decir que algo está mal porque “todo” depende del contexto cultural. Me imagino que si me encontrás en el medio del living teniendo sexo con tu hermano vas a entender cuando te hable de la falsedad de la monogamia, y demás boludeces.
32. Tus siestas eternas.
33. Tus noches despierto.
34. Tu reciente descubrimiento de las series. Vos me decías de todo cuando yo veía Friends y ahora te creés cool porque ves How I Met Your Mother.
35. Tu crítica porque no me sé todas las fechas importantes. Es que tengo más presente tu cumpleaños que la Revolución Libertadora, espero que no te moleste.
36. Tu descalificación hacia los matemáticos porque tienen errores de ortografía. Te recuerdo que vos sumás con los dedos. Eso también es de bruto.
37. Tu vaivén constante entre ser un hippie o un hipster.
38. Tu insistencia en decir que soy una snob porque me gusta el cine yanqui. El problema es tuyo que decís que te encanta y es mentira.
39. Tu fascinación por Rep.
40. Tus ganas de veranear todos los años en ese camping sin mar, ni río, ni arroyo; con una laguna que está, casualmente, siempre debajo de nuestra carpa.

41. Tu debilidad para abrir esa gran boca y mostrarme todos tus dientes cada vez que, por motivos extraños e inexplicables, te hago reír. 

viernes, 12 de diciembre de 2014

Biografía familiarizada de Paquito Hernández

Paquito Hernández nació un 2 de febrero de 1802, en la ciudad de Río Segundo, Córdoba.  De familia humilde y numerosa, de vivienda precaria y hacedor de trabajos pesados y esporádicos, transitó su vida en la miseria y la desdicha hasta llegar a una posición de clase alta y beneficiario de una riqueza aún hoy incalculable.  Debido a que no tuvo ingesta de sólidos durante sus primeros doce años de vida, no logró nunca ni leer ni escribir. Tampoco aprendió a hablar. Ni mucho menos a caminar. Reconocido por un cúmulo de obras literarias que han sido elaboradas en las condiciones más extrema de soledad y pobreza, fueron todas escritas por su madre. Sus maravillosas composiciones musicales, en cambio, fueron elaboradas por su hermano. Su imaginación para el puntillismo se refleja en esos deliciosos lienzos expuestos en los museos del Prado, el Louvre, el National Art Gallery, el Metropolitan Museum of Art y el Malba. Colección íntegramente pintada por su abuela. La paterna. Es inolvidable su influencia en la matemática moderna, aunque era su padre el que realmente le hacía las sumas. No así las restas, que las operaba mejor su hermana. La menor. Su afición a la danza fue tan notable como imposible, disciplina que en realidad llevó a cabo su adorada esposa; quien también escribió y filmó todas sus películas, obras de teatro y programas de televisión. Algo similar ocurrió con su habilidad para la orfebrería y la fabricación de instrumentos aunque ya es harto conocido que el verdadero y único luthier fue perro. Si bien sus programas de radio finalmente jamás se emitieron, sí fueron galardonadas absolutamente todas y cada una de las publicidades que hizo su hijo. Lo mismo sucedió con las fórmulas científicas descubiertas, los fósiles hallados y la creación del corazón artificial descartable; ideas revolucionarias pensadas y materializadas por su hija. La que aún no nació. Paquito Hernández murió un 2 de febrero de 1922 en la absoluta riqueza. Y sin dejar herederos. 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Mensajes eróticos por whatsapp de dos desconocidos

Inés (escribiendo)
Estás?

Nicolás  (escribiendo)
Estoy… Nos vemos hoy?

Inés (escribiendo)
Sí. Esta vez quiero verte.

Nicolás (escribiendo)
A mí me encantó. A vos?

Inés (escribiendo)
Pucho.

Nicolás (escribiendo)
No tengo.

Inés (escribiendo)
No…mucho. Eso

Nicolás (escribiendo)
¿Querés m´s?
Digo, m´sa
Uf, n´sa
Bueh….n ´sync
MÁÁÁÁS.

Inés: (escribiendo)
Sí.

Nicolás (escribiendo)
¿Qué te gustó?

Inés (escribiendo)
Imaginar tus sesos en mi boca, en mi cuerpo, en mis piernas, en todos lados.

Nicolás  (en línea)

Inés (escribiendo)
Tus besos, tus besos.

Nicolás (escribiendo)
Te pedo agarrar agora?

Inés (en línea)

Nicolás (en línea)

Inés (escribiendo)
Estás?

Nicolás (escribiendo)
¿Me querés coser?

Inés (escribiendo)
No sé…

Nicolás (escribiendo)
Digo, si querés que te coja.

Inés (escribiendo)
Pucho.

Nicolás (escribiendo)
Te dije que no tengo.

Inés (en línea)

Nicolás (escribiendo)
 La tengo dura y me estoy paseando.

Inés (en línea)

Nicolás (escribiendo)
Decime algo, dale, calentame.

Inés (escribiendo)
Cuando te vea, te voy a agarrar toda esa pica y te la voy a chipar toda. Toda. Entera. Ente Rita Lee.

Nicolás (escribiendo)
 Me vas a dejar que te haga el orco?

Inés: (escribiendo)
Y boss? Me vas a pasar tu lengua PROVENZAL  
OC?

Nicolás (escribiendo)
Ya estoy, eh.  Sí, Ay, digo Hay, digo Ahí Viene.... Voy a A CAGAR.

Inés (en línea)

Nicolás (en línea)

Inés (en línea)

Nicolás (en línea)

Inés (escribiendo)
Estás?

Nicolás. (escribiendo)
Estoy...Me acordé de que hoy tengo que dormirme temprano.

Inés (escribiendo)
Sabés que yo también?

Nicolás: (escribiendo)
Bueno…espero algún día poder verte la cara.

Inés: (escribiendo)
Sí…yo tampoco.

Nicolás: (en línea)


Inés: (en línea)